Por Angie Natalia Ordoñez Pinzón (Fisioterapeuta, esp. en Educación y Discapacidad)
Este ensayo aborda la sexualidad de las personas con discapacidad, particularmente aquellas que utilizan sillas de ruedas, está basado en una vivencia personal, en un curso impartido por una ONG en Bogotá, en el que trabajé sobre el aprovisionamiento de sillas de ruedas, y reflexioné sobre la importancia de entender la sexualidad como una dimensión integral del ser humano, más allá de los estigmas sociales y físicos.
La experiencia directa de realizar el curso completamente, desde una silla de ruedas, me permitió comprender desde el sentir las barreras físicas, emocionales y sociales que enfrentan las personas con discapacidad, además, de la relevancia del conocimiento del profesor en silla de ruedas que desmitificó las concepciones erróneas sobre cómo viven el placer y la intimidad en su cotidianidad.
A través de la experiencia formativa y transformadora, viví las dificultades, aprendizajes y desafíos que implica esta realidad. Así que este curso fue muy significativo porque más que una formación o capacitación técnica, fue una vivencia. Desde el primer día, la propuesta metodológica fue innovadora y profundamente humana: todos los participantes debíamos realizar cada actividad en una silla de ruedas. Esta práctica permitió sentir en carne propia los desafíos diarios que enfrenta una persona con movilidad reducida: desde trasladarse por la ciudad, subir rampas mal diseñadas, hasta experimentar las miradas y el trato de los demás.
Lo que en principio parecía una exigencia logística, se transformó en una potente lección de empatía. No se trataba solamente de aprender a ajustar correctamente una silla de ruedas, sino de ponerse en los zapatos del otro. Cada calle recorrida, cada mirada indiferente, y cada obstáculo, se convirtieron en oportunidades para reflexionar sobre las barreras invisibles que construimos como sociedad.
Ahora bien, si estas barreras son dificiles, existen otras que son muy complejas como son los temas de Sexualidad en la discapacidad, porque hablar de sexualidad en personas con discapacidad es aún un tema tabú en muchos espacios sociales y académicos. Existe una fuerte tendencia a des-sexualizar a estas personas, y se les niega la posibilidad de vivir y disfrutar de una vida íntima plena, desconociendo el derecho a una sexualidad digna, placentera y libre de prejuicios de esta población.
En la experiencia descrita anteriormente, uno de los momentos más impactantes fue escuchar al profesor narrar su experiencia personal y profesional, lo que aportó una mirada honesta y enriquecedora. En su intervención, rompió con la visión que asocia la sexualidad únicamente con los genitales o la penetración. Es decir, el placer sexual también se encuentra en otras partes del cuerpo y, sobre todo, en el cerebro, porque es indiscutible que la sexualidad es una construcción emocional, mental y sensorial que no depende exclusivamente del funcionamiento físico. La piel, los besos, las caricias, las palabras, y sobre todo la conexión emocional, se convierten en caminos legítimos para vivir una sexualidad satisfactoria.
Además, es necesario mencionar que muchas personas con discapacidad enfrentan el rechazo o la infantilización en sus relaciones afectivas y sexuales. A menudo se les percibe como personas sin deseo o como seres asexuados, lo que representa una forma de violencia simbólica que limita su derecho a la intimidad. La vivencia de la sexualidad debe asumirse como un componente esencial de los derechos humanos. No obstante, aún existen muchos estigmas que dificultan que las personas con discapacidad puedan ejercer su sexualidad de manera libre y plena. Uno de los prejuicios más dañinos es considerar que quienes tienen una discapacidad no desean amar o ser amadas, o que su atención debe limitarse únicamente al aspecto médico o funcional de su condición. Esta visión no solo reduce su humanidad, sino que perpetúa su exclusión emocional y social.
Para transformar esta realidad, es indispensable reconocer que toda persona sin importar su capacidad física, sensorial o cognitiva tiene derecho a expresar amor, a establecer vínculos íntimos, a descubrir su cuerpo y a disfrutar del placer de manera autónoma y segura. Lamentablemente, muchas personas con discapacidad encuentran más obstáculos en el rechazo social y en la falta de comprensión que en sus propias limitaciones físicas.
El verdadero reto está en crear entornos que valoren la subjetividad y la diversidad. Aquí es donde la educación cumple un papel determinante.Desde los espacios escolares, universitarios y formativos en general, se deben incorporar contenidos que aborden la sexualidad de manera integral e inclusiva. Es urgente formar a docentes, profesionales de la salud, terapeutas y cuidadores en el respeto por los derechos sexuales de las personas con discapacidad, promoviendo la empatía, la sensibilidad y la escucha activa. Una educación afectivo-sexual adecuada no solo previene abusos, sino que empodera a las personas para ejercer su autonomía con conocimiento, confianza y dignidad.
La inclusión educativa también debe garantizar que las personas con discapacidad reciban información accesible y adaptada a sus realidades. Esto implica materiales didácticos en formatos diversos (visual, auditivo, táctil, simplificado), espacios seguros para la expresión emocional y la participación en actividades donde puedan construir una imagen positiva de sí mismas y de su cuerpo.
Además, hoy en día la tecnología y la innovación representan una herramienta clave para acompañar estas experiencias. Existen dispositivos y adaptaciones que permiten una vivencia más cómoda y satisfactoria de la sexualidad, especialmente para quienes presentan dificultades de movilidad. Sin embargo, más allá de los recursos técnicos, lo fundamental es el entorno: una sociedad capaz de romper con los estereotipos, que abrace la diferencia y que no limite el deseo ni el amor.
Por tanto, trabajar en la intersección entre educación, discapacidad y sexualidad es vital para garantizar procesos de inclusión reales y duraderos. Apostar por una formación integral, es apostar por una sociedad más justa, donde cada persona tenga el derecho de vivir plenamente su sexualidad, sin barreras ni prejuicios.
Esta experiencia de formación no solo brindó herramientas técnicas sobre la provisión de sillas de ruedas, sino que abrió la puerta a un entendimiento mucho más profundo de la dignidad humana. Vivir en silla de ruedas, aunque fuera de forma temporal, transformó mi perspectiva sobre la inclusión, el respeto y la empatía. Aprendí a escuchar y comprendí que también hay multiples historias que deben ser contadas, en diversos escenarios educativos, directamente por las personas con discapacidad para visibilizar sus formas de habitar este mundo complejo.
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