martes, 21 de julio de 2026

Discapacidad intelectual: Prejuicios frente a la sexualidad

 


Por: Kevin Andrés Caldono Orozco.

(Filósofo, Esp. en Educación y Discapacidad. Universidad del Cauca)

 

La sexualidad constituye una dimensión fundamental de la experiencia humana, dado que su gran extensión material y espacial permite que la biografía se reconozca e incluso se transforme. Cuando los cuerpos se disponen a comprenderse en el sexo, la identidad, los roles de género, el erotismo, el placer, la intimidad y la reproducción afloran junto con las capacidades del autorreconocimiento y del autocuidado de la propia existencia. Sin embargo, la faceta de decidir cómo vivir la sexualidad, solo es bien vista, cuando las personas que bajo el espectro social son “sanos” o “normales”, pero cuando son personas con discapacidades intelectuales, son ilegitimadas por la mayor parte de la sociedad.

Históricamente las personas con discapacidad intelectual (PCDI) han sido catalogados desde perspectivas patologizantes e incluso calificados de forma despectiva como anormales. Existen múltiples prejuicios sobre las formas en que se desarrolla su existencia y si se trata de la exploración de su sexualidad, existen ideas y creencias preconcebidas que les dificultan vivirla. Estas ideas no solo provienen de personas ajenas a sus formas de habitar el cuerpo sino que en ocasiones también provienen de los mismos cuidadores y del entorno que cree entenderlos. Un ejemplo, se observa que padres y cuidadores, se educan para afrontar los desafíos médicos, educativos y sociales asociados a la discapacidad intelectual, pero no son educados para valorarlo holísticamente, como un sujeto sintiente, sexual, con deseos, afectos y necesidades propias.

Paradigmas como el mencionado, revelan una tensión importante entre los derechos sexuales que garantizan la facultad de expresar la sexualidad de manera autónoma, y los derechos reproductivos que garantizan la facultad de decidir sobre la reproducción. Se considera a la PCDI como un sujeto de cuidado, pero no como un sujeto capaz de portar deseos, ni como un sujeto capaz de ejercer su dimensión reproductiva. Por ello, resulta necesario cuestionar la idea establecida en la sociedad, de que las personas con discapacidad intelectual viven “una especie de inocencia permanente” por lo cual se le debes excluir de toda manifestación sexual y de toda intención procreativa.

Uno de los factores que perpetúa esas preconcepciones es la persistente infantilización que se le atribuye por parte de los familiares y miembros de la sociedad que los consideran niños eternos que deben ser protegidos constantemente, incluso cuando alcanzan la adolescencia o la adultez física. Existen explicaciones válidas, porque se teme que las PCDI sean víctimas de abuso, sufran rechazo social o enfrenten situaciones para las que supuestamente no están preparados, por tanto se requiere mayor educación para atenderles y esta debe estar dirigida a las familias y los cuidadores pero especialmente a las PCDI desde temprana. Ahora bien, a esta noción se suma el factor del prejuicio sobre la incapacidad para el consentimiento y el autocontrol, dado que muchos sectores de la sociedad consideran que las PCDI no cuentan con las capacidades cognitivas, para lograr comprender el respeto que se debe tener hacia la autonomía y la libertad corporal de los otros, cuando es posible lograrlo con una asertiva educación sexual y con el compromiso de la sociedad para brindar oportunidades de convivencia en equidad

Por ende, debe educar a la sociedad en general para que avance en la comprensión de las PCDI que los reconozcan desde sus derechos, sus deseos, sus necesidades de establecer vínculos afectivos y experiencias sexuales como parte de su desarrollo. Asimismo, resulta fundamental garantizar una educación sexual integral, para desmontar los temores, prejuicios y estigmas que persisten en torno a la sexualidad. Sin embargo, esta educación no debe estar centrada únicamente en la prevención de riesgos, pues con frecuencia la sexualidad de las PCD se aborda desde discursos de vigilancia, control y protección.

Aunque la prevención de abusos, enfermedades de transmisión sexual o embarazos no planificados constituye un aspecto a considerar, no se puede reducir la educación sexual a estas problemáticas sociales, porque la sexualidad no es una fuente de peligro, pero la precaria educación sexual que se imparte en general y con énfasis a las PCDI  solo se ajusta a estos miedos de vigilancia y control y no a las vivencias y necesidades de las personas que desean el amor, la caricia, el respeto y el vínculo con el otro.  Es fundamental enseñar la intimidad desde la autonomía para que puedan desarrollarse o en espacios en los que puedan reservar sus pensamientos más auténticos, sus sentimientos más profundos, sus necesidades más inherentes y sus relaciones más cercanas.

Diversas investigaciones encuentran que las PCDI viven importantes obstáculos para desarrollar relaciones afectivas e íntimas, por ejemplo, Beltrán-Arreche et al. (2024) expresa que una de las principales barreras para el ejercicio de la vida afectivo-sexual es la falta de privacidad y las restricciones impuestas por el entorno. Estas limitaciones reducen las oportunidades de construir vínculos significativos y de experimentar espacios de intimidad, elementos esenciales para el desarrollo personal. Entonces el problema no radica en la ausencia de deseos o necesidades afectivas, sino en las barreras sociales y educativas que dificultan su expresión y reconocimiento.

Desde esta perspectiva puede afirmarse que la intimidad constituye una dimensión indispensable para el crecimiento humano, pues permite resguardar emociones, pensamientos, miedos y experiencias que contribuyen a la construcción de la identidad personal. Toda persona necesita espacios propios en los que pueda conocerse, tomar decisiones y desarrollar relaciones significativas fuera del escrutinio permanente de los demás. Cuando las PCDI son sometidos a una vigilancia constante en nombre de la protección, se limita su capacidad para construir autonomía y para desarrollar una relación saludable consigo mismos y con los otros.

En conclusión, en primer lugar, es fundamental promover programas de educación sexual integral que involucren no solo a las personas discapacidad intelectual, sino también a sus familias, cuidadores, docentes y comunidad en general, esta debe contener estrategias y herramientas para comprender el consentimiento, el respeto mutuo, los límites corporales, el autocuidado y la construcción de relaciones afectivas saludables, en segundo lugar y no menos importante, es indispensable generar espacios de privacidad y acompañamiento para que las PCDI sean educadas para desarrollar su autonomía de manera progresiva y segura. La inclusión sexual no consiste en eliminar toda supervisión, sino en sustituir la lógica del control por una lógica de apoyo, reconocimiento y formación.

La sexualidad las PCDI no debe ser interpretada desde la sospecha, la vigilancia permanente o la sobreprotección, sino desde el reconocimiento de su dignidad humana que brindar las posibilidades de explorar su afectividad, construir vínculos íntimos y expresar sus deseos, para evitar restringir desde la moralidad preestablecida una dimensión esencial de la experiencia humana tan valiosa como es el amar y ser amado.

Por ello, una sociedad inclusiva no puede solo a limitarse a garantizar derechos educativos, laborales o sanitarios, debe también reconocer los derechos sexuales y reproductivos de las PCDI, superar la infantilización, cuestionar los prejuicios sobre su capacidad para consentir y promover una educación sexual integral, pasos fundamentales para avanzar hacia una cultura del reconocimiento en la diversidad. Solo así es posible comprender que la sexualidad no constituye un privilegio reservado para quienes encajan en determinados parámetros de “normalidad”, sino una dimensión inherente de todo individuo y, por tanto, un ámbito que merece ser vivido con libertad, respeto y dignidad.

Referencia Bibliográfica

Beltrán-Arreche, M., Fullana, J., Pallisera, M., Rey-Freire, A., Blay-Bisbal, C., & Vinatea-Elorrieta, A. (2024). Las relaciones afectivo-sexuales de las personas con discapacidad intelectual: apoyos y barreras desde la perspectiva de personas con discapacidad intelectual. Siglo Cero, 55(3), 29-48. https://doi.org/10.14201/scero.31860


Nota: Esta reflexión ha sido realizada para el Seminario de Educación, discapacidad y Sexualidad que orienta Claudia C. Pinzón Romero, en la especialización Educación y Discapacidad (2025-2026).





sábado, 6 de junio de 2026

Seminario Educación, Discapacidad y sexualidad: Primera sesión

 

En la primera sesión del seminario en Educación, Discapacidad y sexualidad (Especialización en Educación y Discapacidad de Universidad del Cauca) se estableció un diálogo en el que cada participante hizo aportes significativos, y quedaron resonando reflexiones relevantes en torno a la sexualidad, la educación y el desarrollo humano.

En primer lugar, se reconoció que pensamos gracias al lenguaje, pues este posibilita la construcción de sentidos, la comunicación y la comprensión de la experiencia humana. En segundo lugar, se planteó que "el silencio aumenta la vulnerabilidad", especialmente cuando impide expresar dudas, emociones, necesidades o situaciones relacionadas con la sexualidad y los vínculos humanos.

Como tercer aspecto, se destacó que cada persona expresa su sexualidad de acuerdo con su contexto cultural. En este sentido, las culturas contienen libertades, límites y barreras que requieren ser comprendidos desde el sentir y la experiencia personal de cada sujeto. En cuarto lugar, se afirmó la importancia de vivir la sexualidad desde el afecto, entendida como una dimensión profundamente humana atravesada por el cuidado, el respeto y la dignidad.

En quinto lugar, se evidenció la necesidad de fortalecer procesos educativos integrales mediante una mayor presencia del Estado y la generación de conocimientos contextualizados tanto en zonas rurales como urbanas. Esto permitiría atender de manera pertinente las múltiples realidades asociadas a la educación sexual. Asimismo, se concluyó que el aprendizaje sobre la sexualidad compete a toda la sociedad, pues constituye una responsabilidad colectiva vinculada al bienestar humano y social.

Otro aspecto relevante fue la importancia de identificar y utilizar terminologías apropiadas, reconociendo siempre la necesidad de esperar a que cada persona se autodetermine y nombre desde su propia experiencia e identidad. Del mismo modo, se señaló que los medios de comunicación poseen una obligación ética y constitucional frente al reconocimiento de las diversidades y del otro como sujeto de derechos. Esto implica educarse para incluir, representar e informar de manera responsable y respetuosa.

También se resaltó la necesidad de educar en el trato hacia sí mismo y hacia los demás, promoviendo relaciones basadas en el respeto, la empatía y el reconocimiento mutuo. En este marco, se consideró fundamental educar las emociones, fortalecer las emociones positivas y comprender las negativas, de manera que puedan convertirse en oportunidades para el crecimiento personal y colectivo.

Igualmente, se planteó la importancia de educar para fortalecer la autonomía, la capacidad de participación y la toma de decisiones conscientes. Esto supone promover una vivencia de la sexualidad digna y libre de estereotipos, normas y mandatos sociales que limitan la posibilidad de ser y experimentar la propia vida de manera auténtica.

De igual forma, se insistió en la necesidad de educar en roles sociales desde perspectivas de igualdad y equidad, así como en la comprensión y atención de las discriminaciones interseccionales que viven las niñas y las mujeres especialmente, cuando se encuentran en vivencias que les vulneran sus derechos en género, discapacidad y sexualidad y  pobreza. 

Se reconoció, además, que todos los aspectos relacionados con el desarrollo humano —entre ellos la sexualidad— requieren transversalidad y acompañamiento articulado desde los sectores de la salud, la educación y otros campos profesionales, evitando la fragmentación del conocimiento y de las prácticas de intervención.

Finalmente, se concluyó que es necesario avanzar hacia procesos educativos más amplios e integrales. En este sentido, las instituciones de educación superior encargadas de la formación de profesionales deberían incorporar cátedras y espacios académicos relacionados con la discapacidad y la sexualidad, favoreciendo perspectivas inclusivas, críticas y humanizantes.

miércoles, 29 de octubre de 2025

lunes, 23 de junio de 2025

La Sexualidad en Personas con Discapacidad: Una Experiencia de Vida sobre Ruedas


Por Angie Natalia Ordoñez Pinzón (Fisioterapeuta, Esp. en Educación y Discapacidad, Universidad del Cauca)

Este ensayo aborda la sexualidad de las personas con discapacidad, particularmente aquellas que utilizan sillas de ruedas, está basado en una vivencia personal, en un curso impartido por una ONG en Bogotá, en el que trabajé sobre el aprovisionamiento de sillas de ruedas, y reflexioné sobre la importancia de entender la sexualidad como una dimensión integral del ser humano, más allá de los estigmas sociales y físicos. 

La experiencia directa de realizar el curso completamente, desde una silla de ruedas, me permitió comprender desde el sentir las barreras físicas, emocionales y sociales que enfrentan las personas con discapacidad,  además, de la relevancia del conocimiento del profesor en silla de ruedas que desmitificó las concepciones erróneas sobre cómo viven el placer y la intimidad en su cotidianidad.

A través de la experiencia formativa y transformadora, viví las dificultades, aprendizajes y desafíos que implica esta realidad.  Así que este curso fue muy significativo porque más que una formación o capacitación técnica, fue una vivencia. Desde el primer día, la propuesta metodológica fue innovadora y profundamente humana: todos los participantes debíamos realizar cada actividad en una silla de ruedas. Esta práctica permitió sentir en carne propia los desafíos diarios que enfrenta una persona con movilidad reducida: desde trasladarse por la ciudad, subir rampas mal diseñadas, hasta experimentar las miradas y el trato de los demás.

Lo que en principio parecía una exigencia logística, se transformó en una potente lección de empatía. No se trataba solamente de aprender a ajustar correctamente una silla de ruedas, sino de ponerse en los zapatos del otro. Cada calle recorrida, cada mirada indiferente, y cada obstáculo, se convirtieron en oportunidades para reflexionar sobre las barreras invisibles que construimos como sociedad.

Ahora bien, si estas barreras son dificiles, existen otras que son muy complejas como son los temas de Sexualidad en la discapacidad, porque hablar de sexualidad en personas con discapacidad es aún un tema tabú en muchos espacios sociales y académicos. Existe una fuerte tendencia a des-sexualizar a estas personas, y se les niega la posibilidad de vivir y disfrutar de una vida íntima plena, desconociendo el derecho a una sexualidad digna, placentera y libre de prejuicios de esta población.

En la experiencia descrita anteriormente, uno de los momentos más impactantes fue escuchar al profesor narrar su  experiencia personal y profesional, lo que aportó una mirada honesta y enriquecedora. En su intervención, rompió con la visión que asocia la sexualidad únicamente con los genitales o la penetración. Es decir, el placer sexual también se encuentra en otras partes del cuerpo y, sobre todo, en el cerebro, porque es indiscutible que la sexualidad es una construcción emocional, mental y sensorial que no depende exclusivamente del funcionamiento físico. La piel, los besos, las caricias, las palabras, y sobre todo la conexión emocional, se convierten en caminos legítimos para vivir una sexualidad satisfactoria.

Además, es necesario mencionar que muchas personas con discapacidad enfrentan el rechazo o la infantilización en sus relaciones afectivas y sexuales. A menudo se les percibe como personas sin deseo o como seres asexuados, lo que representa una forma de violencia simbólica que limita su derecho a la intimidad. La vivencia de la sexualidad debe asumirse como un componente esencial de los derechos humanos. No obstante, aún existen muchos estigmas que dificultan que las personas con discapacidad puedan ejercer su sexualidad de manera libre y plena. Uno de los prejuicios más dañinos es considerar que quienes tienen una discapacidad no desean amar o ser amadas, o que su atención debe limitarse únicamente al aspecto médico o funcional de su condición. Esta visión no solo reduce su humanidad, sino que perpetúa su exclusión emocional y social.

Para transformar esta realidad, es indispensable reconocer que toda persona sin importar su capacidad física, sensorial o cognitiva tiene derecho a expresar  amor, a establecer vínculos íntimos, a descubrir su cuerpo y a disfrutar del placer de manera autónoma y segura. Lamentablemente, muchas personas con discapacidad encuentran más obstáculos en el rechazo social y en la falta de comprensión que en sus propias limitaciones físicas. 

El verdadero reto está en crear entornos que valoren la subjetividad y la diversidad. Aquí es donde la educación cumple un papel determinante.Desde los espacios escolares, universitarios y formativos en general, se deben incorporar contenidos que aborden la sexualidad de manera integral e inclusiva. Es urgente formar a docentes, profesionales de la salud, terapeutas y cuidadores en el respeto por los derechos sexuales de las personas con discapacidad, promoviendo la empatía, la sensibilidad y la escucha activa. Una educación afectivo-sexual adecuada no solo previene abusos, sino que empodera a las personas para ejercer su autonomía con conocimiento, confianza y dignidad.

La inclusión educativa también debe garantizar que las personas con discapacidad reciban información accesible y adaptada a sus realidades. Esto implica materiales didácticos en formatos diversos (visual, auditivo, táctil, simplificado), espacios seguros para la expresión emocional y la participación en actividades donde puedan construir una imagen positiva de sí mismas y de su cuerpo.

Además, hoy en día la tecnología y la innovación representan una herramienta clave para acompañar estas experiencias. Existen dispositivos y adaptaciones que permiten una vivencia más cómoda y satisfactoria de la sexualidad, especialmente para quienes presentan dificultades de movilidad. Sin embargo, más allá de los recursos técnicos, lo fundamental es el entorno: una sociedad capaz de romper con los estereotipos, que abrace la diferencia y que no limite el deseo ni el amor.

Por tanto, trabajar en la intersección entre educación, discapacidad y sexualidad es vital para garantizar procesos de inclusión reales y duraderos. Apostar por una formación integral, es apostar por una sociedad más justa, donde cada persona tenga el derecho de vivir plenamente su sexualidad, sin barreras ni prejuicios.

Esta experiencia de formación no solo brindó herramientas técnicas sobre la provisión de sillas de ruedas, sino que abrió la puerta a un entendimiento mucho más profundo de la dignidad humana. Vivir en silla de ruedas, aunque fuera de forma temporal, transformó mi perspectiva sobre la inclusión, el respeto y la empatía. Aprendí a escuchar y comprendí que también hay multiples historias que deben ser contadas, en diversos escenarios educativos, directamente por las personas con discapacidad para visibilizar sus formas de habitar este mundo complejo.

Nota: Reflexión realizada para el Seminario de Educación, Discapacidad y Sexualidad que orienta Claudia C. Pinzón Romero en la Especialización Educación y Discapacidad de la Universidad del Cauca (2024-2025)


Reflexiones con perspectiva de mujer: discapacidad y sexualidad


Por: Diana Valeria Gutiérrez Pinzón (Fonoaudióloga, Esp. en Discapacidad y Educación)

En la actualidad, hablar de discapacidad en sí mismo es un tema permeado de estereotipos y de estigmas, en ocasiones enajenados de la realidad y es un tema más candente cuando se dialoga sobre la sexualidad en la discapacidad, se encuentran barreras a causa de creencias culturales en una sociedad cerrada a las necesidades básicas de todo ser humano, esto asociado en especial, con situaciones de "ética y moralidad". Cuando se habla de sexualidad en el contexto de discapacidad, se reúnen todas las
restricciones planteadas, sumadas a algunos mitos que se abordan a continuación. 

Desde la fonoaudiología, mi labor profesional se direcciona a la comunicación humana, a los desordenes de esta, a la autonomía e inclusión. En este ejercicio, he sido testigo de cómo el cuerpo de la mujer con discapacidad es constantemente deslegitimado como cuerpo sintiente y deseante, por tanto, este ensayo, nace de mi práctica comunitaria y del encuentro con mujeres cuyas historias han sido marcadas por el silencio, la sobreprotección y la exclusión afectiva.

Desde una perspectiva de mujer, sugiero reflexionar sobre las barreras que enfrentan las mujeres con discapacidad en el ejercicio de su sexualidad, a partir de estos dos casos: el de Natalia, una mujer de treinta años, con discapacidad intelectual quien tiene una cuidadora principal, que responde por ella
mayoritariamente y no le han permitido relacionarse afectivamente con otras personas, y el caso de doña Clara, una mujer con discapacidad muscular, que a pesar de haber formado una familia también enfrentó el abandono por parte de su pareja, precisamente por su discapacidad, porque su cuerpo así no lo deseaba la pareja. Son cuerpos que han sido percibidos como asexuados, infantilizados y no aptos para vivir el deseo y mucho menos han sido valorados para una experiencia amorosa. Esta negación del deseo afecta en mayor magnitud a las mujeres en todos los momentos o ciclos de vida, porque  la discriminación y prejuicios sociales se suman a una sociedad heteronormativa que define la feminidad desde la belleza, la maternidad, el cuerpo con curvaturas, saludable y apto.

En mi experiencia personal, he compartido con mujeres que no solo luchan por hablar y comunicarse, sino también por ser reconocidas como mujeres deseantes, capaces de amar y sentir. Desde la fonoaudiología, aunque nos enfocamos en aspectos técnicos de la comunicación, el lenguaje y las funciones de la alimentación, también descuidamos la dimensión socioafectiva e íntima de otras niñas y mujeres en terapia.

 ¿Alguna vez pensamos en el impacto que tiene en la identidad y la autoestima de una una mujer con discapacidad, el hecho de no ser deseada, ni considerada como una pareja?.

En múltiples ocasiones he compartido espacios con mujeres adultas que, a pesar de tener más de 30 o 40 años, nunca han tenido una pareja ni han experimentado una vida afectiva o sexual autónoma. Un patrón que se repite es el de la sobre protección materna. En el caso de Natalia, su madre y cuidadora principal y que responde por todas sus necesidades, diariamente la menciona como “Incapaz” o una “persona que no entiende”. Al indagar , esto se debe a unadiscapacidad cognitiva secundaria,  a una  epilepsia generada en su niñez que causó el retroceso del desarrollo integral de Natalia, y por lo general las madres adoptan un rol que, aunque está cargado de amor y sacrificio, también puede convertirse en una forma de control sobre la vida íntima de sus hijas. 

Actualmente, Natalia es una persona que no puede comunicarse efectivamente de manera verbal, porque haciendo un análisis desde mi rol profesional, se observa que su semántica (Palabras) y parte de su pragmática(Intencionalidad verbal) están presentes, entonces habría que mejorar es su fonética y fonología (Pronunciación y articulación), porque tiene las bases para estructurar sus oraciones y en general, puede comunicarse verbalmente, lo que llevaría a pensar que si existiera un fortalecimiento de la autonomía a Natalia, podría vivir de manera independiente y tal vez encontrar en su entorno compañeros que hicieran de su vida, un entorno mas feliz y pleno, siendo capaz de decidir su destino, pero se requiere que la familia le de la oportunidad  y las alas para vivir su propia historia

Es decir, hay mujeres que no tienen un espacio privado e intimo para decidir sobre su cuerpo, que deben pedir permiso para recibir visitas o salir solas, y que incluso han sido infantilizadas al punto de negarles la posibilidad de hablar sobre sexualidad. La figura materna, lejos de fomentar la autonomía, muchas veces opera como una barrera simbólica que impide que estas mujeres se desarrollen afectiva y emocionalmente. En un mundo donde ya de por sí ser mujer implica múltiples formas de control sobre el cuerpo, tener una discapacidad intensifica ese control hasta niveles que rozan la anulación de la singularidad.

El caso de doña Clara es una excepción que confirma la regla. Ella es una mujer con distrofia muscular progresiva, a quien conocí en el contexto de acompañamiento a una asociación, quien a diferencia de muchas otras mujeres, logró consolidar una relación de pareja, casarse y tener una hija. Su historia es profundamente conmovedora, no solo por lo que logró, sino por lo que enfrentó. Clara vivió su maternidad con mucha plenitud, sin embargo con el paso de los años, a medida que su condición física se deterioró, su esposo comenzó a alejarse emocionalmente de ella y finalmente, se separaron. No porque hubiera dejado de amarla, como ella misma señaló, sino porque “él no pudo con la discapacidad”, de esa relación surgió una niña a quien tuvo que sacar adelante con las diferentes implicaciones que surgen de ser una mujer, madre soltera y persona con discapacidad.

Las palabras de doña Clara quedaron grabadas en mí, evidencian una realidad dolorosa: muchas veces, las mujeres con discapacidad tienen que demostrar “más” para ser consideradas dignas de amor, y aun así, ese amor puede ser frágil, condicionado e insuficiente. El caso de Clara también evidencia que no basta con que una mujer con discapacidad “logre” tener una familia; el entorno y las relaciones deben transformarse para sostener esa experiencia. Clara no fue víctima de su cuerpo, sino del abandono. Su discapacidad no fue el problema; lo fue la falta de compromiso del otro ante un proceso progresivo que requería máscuidado, más presencia, más amor. 

Como fonoaudióloga y sin animos de ser intrusiva en profesiones enfocabas al bienestar socioafectivo, creo firmemente que nuestras intervenciones deben ir más allá de lo funcional, la terapeutica y lo asistencial, acompañar a mujeres con discapacidad implica también escuchar sus historias, validar sus emociones, y ofrecer espacios seguros para hablar de deseo, frustración y amor. Nuestra práctica profesional puede ser también un acto político: podemos contribuir a romper con los estereotipos que reducen a nuestras amigas-pacientes,  con  su diagnóstico y a visibilizar sus derechos sexuales y afectivos. 

cuidado, más presencia, más amor. Como fonoaudióloga y sin animos de ser intrusiva en profesiones enfocabas al bienestar socioafectivo, creo firmemente que nuestras intervenciones deben ir más allá de lo funcional, la terapeutica y lo asistencial, porque acompañar a mujeres con discapacidad implica también escuchar sus historias, validar sus emociones, y ofrecer espacios seguros para hablar de deseo, frustración y amor. Nuestra práctica profesional puede ser también un acto político: podemos contribuir con romper con los estereotipos que reducen a nuestras usuarias, amigas, pacientes con su diagnóstico
y visibilizar sus derechos sexuales y afectivos.

En conclusión, la sexualidad de las mujeres con discapacidad no puede seguir siendo un terreno de silencios ni de exclusiones. La cultura heterosexual dominante y el machismo se entrelazan para negarles y negarnos a las mujeres una parte esencial, la humanidad. Como profesionales de la salud, y como mujeres, tenemos la responsabilidad de acompañar estos procesos desde una mirada ética, crítica y empática.

El caso de doña Clara nos recuerda que el deseo existe incluso en contextos adversos, y el caso de Natalia nos invita a promover una inclusión real, que fortalezca la autonomía e independencia, porque la verdadera inclusión implica reconocer y defender el derecho a amar y ser amadas, más allá del cuerpo y de cualquier diagnóstico.

Nota: Reflexión realizada para el Seminario de Educación, Discapacidad y Sexualidad que orienta Claudia C. Pinzón Romero en la Especialización Educación y Discapacidad de la Universidad del Cauca (2024-2025)



Discapacidad intelectual: Prejuicios frente a la sexualidad

  Por: Kevin Andrés Caldono Orozco. (Filósofo, Esp. en Educación y Discapacidad. Universidad del Cauca)   La sexualidad constituy...