Por: Kevin Andrés Caldono
Orozco.
(Filósofo, Esp. en Educación y Discapacidad. Universidad
del Cauca)
La sexualidad constituye una dimensión fundamental de la experiencia
humana, dado que su gran extensión material y espacial permite que la biografía
se reconozca e incluso se transforme. Cuando los cuerpos se disponen a
comprenderse en el sexo, la identidad, los roles de género, el
erotismo, el placer, la intimidad y la
reproducción afloran junto con las
capacidades del autorreconocimiento y del autocuidado de la propia existencia.
Sin embargo, la faceta
de decidir cómo vivir la sexualidad, solo es bien vista,
cuando las personas que bajo el espectro social son “sanos” o “normales”, pero
cuando son personas con discapacidades intelectuales, son ilegitimadas por la
mayor parte de la sociedad.
Históricamente las personas con discapacidad intelectual (PCDI) han sido
catalogados desde perspectivas patologizantes e incluso calificados de forma
despectiva como anormales. Existen múltiples prejuicios sobre las formas en que se
desarrolla su existencia y si
se trata de la exploración de su sexualidad, existen ideas y creencias preconcebidas
que les dificultan vivirla. Estas ideas no solo provienen de personas ajenas a
sus formas de habitar el cuerpo sino que en ocasiones también provienen de los
mismos cuidadores y del entorno que cree entenderlos. Un ejemplo, se observa que
padres y cuidadores, se educan para afrontar los desafíos médicos, educativos y sociales asociados a la discapacidad
intelectual, pero no son educados
para valorarlo holísticamente, como un sujeto sintiente, sexual, con deseos,
afectos y necesidades propias.
Paradigmas como el mencionado, revelan una tensión importante entre los derechos sexuales que garantizan la facultad de expresar la sexualidad de manera autónoma, y los derechos reproductivos que garantizan la facultad de decidir sobre la reproducción. Se considera a la PCDI como un sujeto de cuidado, pero no como un sujeto capaz de portar deseos, ni como un sujeto capaz de ejercer su dimensión reproductiva. Por ello, resulta necesario cuestionar la idea establecida en la sociedad, de que las personas con discapacidad intelectual viven “una especie de inocencia permanente” por lo cual se le debes excluir de toda manifestación sexual y de toda intención procreativa.
Uno de los factores que perpetúa esas preconcepciones es la persistente
infantilización que se le atribuye por parte de los familiares y miembros
de la sociedad que los consideran niños eternos que
deben ser protegidos constantemente, incluso cuando alcanzan la adolescencia o
la adultez física. Existen explicaciones válidas, porque se teme que las PCDI
sean víctimas de abuso, sufran rechazo social o enfrenten situaciones para las
que supuestamente no están preparados, por tanto se requiere mayor educación
para atenderles y esta debe estar dirigida a las familias y los cuidadores pero
especialmente a las PCDI desde temprana. Ahora bien, a esta noción se suma el
factor del prejuicio sobre la incapacidad para el consentimiento y el autocontrol, dado que muchos sectores de la sociedad
consideran que las PCDI no cuentan con las capacidades cognitivas, para
lograr comprender el respeto que se debe tener hacia la autonomía y la libertad
corporal de los otros, cuando es posible lograrlo con una asertiva educación
sexual y con el compromiso de la sociedad para brindar oportunidades de convivencia
en equidad
Por ende, debe educar a la sociedad
en general para que avance en la comprensión de las PCDI que
los reconozcan desde sus derechos, sus deseos,
sus necesidades de establecer vínculos
afectivos y experiencias sexuales como parte
de su desarrollo. Asimismo, resulta fundamental garantizar una
educación sexual integral, para desmontar los temores, prejuicios y estigmas
que persisten en torno a la sexualidad. Sin embargo,
esta educación no debe estar
centrada únicamente en la prevención de riesgos, pues con
frecuencia la sexualidad de las PCD se aborda desde discursos de vigilancia,
control y protección.
Aunque la prevención de abusos, enfermedades de transmisión sexual o embarazos no planificados constituye un aspecto a considerar, no se puede reducir la educación sexual a estas problemáticas sociales, porque la sexualidad no es una fuente de peligro, pero la precaria educación sexual que se imparte en general y con énfasis a las PCDI solo se ajusta a estos miedos de vigilancia y control y no a las vivencias y necesidades de las personas que desean el amor, la caricia, el respeto y el vínculo con el otro. Es fundamental enseñar la intimidad desde la autonomía para que puedan desarrollarse o en espacios en los que puedan reservar sus pensamientos más auténticos, sus sentimientos más profundos, sus necesidades más inherentes y sus relaciones más cercanas.
Diversas investigaciones encuentran que las PCDI viven importantes
obstáculos para desarrollar relaciones afectivas e íntimas, por ejemplo, Beltrán-Arreche
et al. (2024) expresa que una de las principales barreras para el ejercicio de
la vida afectivo-sexual es la falta de privacidad y las restricciones impuestas
por el entorno. Estas limitaciones reducen las oportunidades de construir
vínculos significativos y de experimentar espacios de intimidad, elementos
esenciales para el desarrollo personal. Entonces el problema no radica en la
ausencia de deseos o necesidades afectivas, sino en las barreras sociales y
educativas que dificultan su expresión y reconocimiento.
Desde esta perspectiva puede afirmarse que la intimidad constituye una
dimensión indispensable para el crecimiento humano, pues permite resguardar
emociones, pensamientos, miedos y experiencias que contribuyen a la
construcción de la identidad personal. Toda persona necesita espacios propios
en los que pueda conocerse, tomar decisiones y desarrollar relaciones
significativas fuera del escrutinio permanente de los demás. Cuando las PCDI son sometidos a una vigilancia constante en nombre de la protección, se limita su
capacidad para construir autonomía y para desarrollar una relación saludable
consigo mismos y con los otros.
En conclusión, en primer lugar, es fundamental promover programas de
educación sexual integral que involucren
no solo a las personas discapacidad
intelectual, sino también a sus familias, cuidadores, docentes y comunidad
en general, esta debe contener estrategias y herramientas para comprender el consentimiento, el respeto mutuo,
los límites corporales, el autocuidado y la
construcción de relaciones afectivas saludables, en segundo lugar y no menos importante,
es indispensable generar espacios de privacidad y acompañamiento para que las PCDI sean educadas para desarrollar
su autonomía de manera progresiva y segura. La inclusión sexual no consiste en
eliminar toda supervisión, sino en sustituir la lógica del control por una
lógica de apoyo, reconocimiento y formación.
La sexualidad las PCDI no debe ser interpretada desde la sospecha, la vigilancia
permanente o la sobreprotección, sino desde el reconocimiento de su dignidad
humana que brindar las posibilidades de explorar su afectividad, construir
vínculos íntimos y expresar sus deseos, para evitar restringir desde la
moralidad preestablecida una dimensión esencial de la experiencia humana tan valiosa como es el amar y ser amado.
Por ello, una sociedad inclusiva no puede solo a limitarse a garantizar derechos
educativos, laborales o sanitarios, debe también reconocer los derechos sexuales
y reproductivos de las PCDI, superar la infantilización, cuestionar los prejuicios sobre
su capacidad para consentir y promover una educación sexual integral, pasos fundamentales para
avanzar hacia una cultura del reconocimiento en la diversidad. Solo así es posible
comprender que la sexualidad no constituye un privilegio reservado para quienes
encajan en determinados parámetros de “normalidad”, sino una dimensión
inherente de todo individuo y, por tanto, un ámbito que merece ser vivido con
libertad, respeto y dignidad.
Referencia Bibliográfica
Beltrán-Arreche, M., Fullana, J., Pallisera, M., Rey-Freire, A., Blay-Bisbal,
C., & Vinatea-Elorrieta, A. (2024). Las relaciones afectivo-sexuales de las personas con discapacidad
intelectual: apoyos y barreras desde la perspectiva de personas con
discapacidad intelectual. Siglo Cero, 55(3), 29-48. https://doi.org/10.14201/scero.31860
Nota: Esta reflexión ha sido realizada para el Seminario de Educación, discapacidad y Sexualidad que orienta Claudia C. Pinzón Romero, en la especialización Educación y Discapacidad (2025-2026).
