martes, 21 de julio de 2026

Discapacidad intelectual: Prejuicios frente a la sexualidad

 


Por: Kevin Andrés Caldono Orozco.

(Filósofo, Esp. en Educación y Discapacidad. Universidad del Cauca)

 

La sexualidad constituye una dimensión fundamental de la experiencia humana, dado que su gran extensión material y espacial permite que la biografía se reconozca e incluso se transforme. Cuando los cuerpos se disponen a comprenderse en el sexo, la identidad, los roles de género, el erotismo, el placer, la intimidad y la reproducción afloran junto con las capacidades del autorreconocimiento y del autocuidado de la propia existencia. Sin embargo, la faceta de decidir cómo vivir la sexualidad, solo es bien vista, cuando las personas que bajo el espectro social son “sanos” o “normales”, pero cuando son personas con discapacidades intelectuales, son ilegitimadas por la mayor parte de la sociedad.

Históricamente las personas con discapacidad intelectual (PCDI) han sido catalogados desde perspectivas patologizantes e incluso calificados de forma despectiva como anormales. Existen múltiples prejuicios sobre las formas en que se desarrolla su existencia y si se trata de la exploración de su sexualidad, existen ideas y creencias preconcebidas que les dificultan vivirla. Estas ideas no solo provienen de personas ajenas a sus formas de habitar el cuerpo sino que en ocasiones también provienen de los mismos cuidadores y del entorno que cree entenderlos. Un ejemplo, se observa que padres y cuidadores, se educan para afrontar los desafíos médicos, educativos y sociales asociados a la discapacidad intelectual, pero no son educados para valorarlo holísticamente, como un sujeto sintiente, sexual, con deseos, afectos y necesidades propias.

Paradigmas como el mencionado, revelan una tensión importante entre los derechos sexuales que garantizan la facultad de expresar la sexualidad de manera autónoma, y los derechos reproductivos que garantizan la facultad de decidir sobre la reproducción. Se considera a la PCDI como un sujeto de cuidado, pero no como un sujeto capaz de portar deseos, ni como un sujeto capaz de ejercer su dimensión reproductiva. Por ello, resulta necesario cuestionar la idea establecida en la sociedad, de que las personas con discapacidad intelectual viven “una especie de inocencia permanente” por lo cual se le debes excluir de toda manifestación sexual y de toda intención procreativa.

Uno de los factores que perpetúa esas preconcepciones es la persistente infantilización que se le atribuye por parte de los familiares y miembros de la sociedad que los consideran niños eternos que deben ser protegidos constantemente, incluso cuando alcanzan la adolescencia o la adultez física. Existen explicaciones válidas, porque se teme que las PCDI sean víctimas de abuso, sufran rechazo social o enfrenten situaciones para las que supuestamente no están preparados, por tanto se requiere mayor educación para atenderles y esta debe estar dirigida a las familias y los cuidadores pero especialmente a las PCDI desde temprana. Ahora bien, a esta noción se suma el factor del prejuicio sobre la incapacidad para el consentimiento y el autocontrol, dado que muchos sectores de la sociedad consideran que las PCDI no cuentan con las capacidades cognitivas, para lograr comprender el respeto que se debe tener hacia la autonomía y la libertad corporal de los otros, cuando es posible lograrlo con una asertiva educación sexual y con el compromiso de la sociedad para brindar oportunidades de convivencia en equidad

Por ende, debe educar a la sociedad en general para que avance en la comprensión de las PCDI que los reconozcan desde sus derechos, sus deseos, sus necesidades de establecer vínculos afectivos y experiencias sexuales como parte de su desarrollo. Asimismo, resulta fundamental garantizar una educación sexual integral, para desmontar los temores, prejuicios y estigmas que persisten en torno a la sexualidad. Sin embargo, esta educación no debe estar centrada únicamente en la prevención de riesgos, pues con frecuencia la sexualidad de las PCD se aborda desde discursos de vigilancia, control y protección.

Aunque la prevención de abusos, enfermedades de transmisión sexual o embarazos no planificados constituye un aspecto a considerar, no se puede reducir la educación sexual a estas problemáticas sociales, porque la sexualidad no es una fuente de peligro, pero la precaria educación sexual que se imparte en general y con énfasis a las PCDI  solo se ajusta a estos miedos de vigilancia y control y no a las vivencias y necesidades de las personas que desean el amor, la caricia, el respeto y el vínculo con el otro.  Es fundamental enseñar la intimidad desde la autonomía para que puedan desarrollarse o en espacios en los que puedan reservar sus pensamientos más auténticos, sus sentimientos más profundos, sus necesidades más inherentes y sus relaciones más cercanas.

Diversas investigaciones encuentran que las PCDI viven importantes obstáculos para desarrollar relaciones afectivas e íntimas, por ejemplo, Beltrán-Arreche et al. (2024) expresa que una de las principales barreras para el ejercicio de la vida afectivo-sexual es la falta de privacidad y las restricciones impuestas por el entorno. Estas limitaciones reducen las oportunidades de construir vínculos significativos y de experimentar espacios de intimidad, elementos esenciales para el desarrollo personal. Entonces el problema no radica en la ausencia de deseos o necesidades afectivas, sino en las barreras sociales y educativas que dificultan su expresión y reconocimiento.

Desde esta perspectiva puede afirmarse que la intimidad constituye una dimensión indispensable para el crecimiento humano, pues permite resguardar emociones, pensamientos, miedos y experiencias que contribuyen a la construcción de la identidad personal. Toda persona necesita espacios propios en los que pueda conocerse, tomar decisiones y desarrollar relaciones significativas fuera del escrutinio permanente de los demás. Cuando las PCDI son sometidos a una vigilancia constante en nombre de la protección, se limita su capacidad para construir autonomía y para desarrollar una relación saludable consigo mismos y con los otros.

En conclusión, en primer lugar, es fundamental promover programas de educación sexual integral que involucren no solo a las personas discapacidad intelectual, sino también a sus familias, cuidadores, docentes y comunidad en general, esta debe contener estrategias y herramientas para comprender el consentimiento, el respeto mutuo, los límites corporales, el autocuidado y la construcción de relaciones afectivas saludables, en segundo lugar y no menos importante, es indispensable generar espacios de privacidad y acompañamiento para que las PCDI sean educadas para desarrollar su autonomía de manera progresiva y segura. La inclusión sexual no consiste en eliminar toda supervisión, sino en sustituir la lógica del control por una lógica de apoyo, reconocimiento y formación.

La sexualidad las PCDI no debe ser interpretada desde la sospecha, la vigilancia permanente o la sobreprotección, sino desde el reconocimiento de su dignidad humana que brindar las posibilidades de explorar su afectividad, construir vínculos íntimos y expresar sus deseos, para evitar restringir desde la moralidad preestablecida una dimensión esencial de la experiencia humana tan valiosa como es el amar y ser amado.

Por ello, una sociedad inclusiva no puede solo a limitarse a garantizar derechos educativos, laborales o sanitarios, debe también reconocer los derechos sexuales y reproductivos de las PCDI, superar la infantilización, cuestionar los prejuicios sobre su capacidad para consentir y promover una educación sexual integral, pasos fundamentales para avanzar hacia una cultura del reconocimiento en la diversidad. Solo así es posible comprender que la sexualidad no constituye un privilegio reservado para quienes encajan en determinados parámetros de “normalidad”, sino una dimensión inherente de todo individuo y, por tanto, un ámbito que merece ser vivido con libertad, respeto y dignidad.

Referencia Bibliográfica

Beltrán-Arreche, M., Fullana, J., Pallisera, M., Rey-Freire, A., Blay-Bisbal, C., & Vinatea-Elorrieta, A. (2024). Las relaciones afectivo-sexuales de las personas con discapacidad intelectual: apoyos y barreras desde la perspectiva de personas con discapacidad intelectual. Siglo Cero, 55(3), 29-48. https://doi.org/10.14201/scero.31860


Nota: Esta reflexión ha sido realizada para el Seminario de Educación, discapacidad y Sexualidad que orienta Claudia C. Pinzón Romero, en la especialización Educación y Discapacidad (2025-2026).





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