lunes, 23 de junio de 2025

La Sexualidad en Personas con Discapacidad: Una Experiencia de Vida sobre Ruedas


Por Angie Natalia Ordoñez Pinzón (Fisioterapeuta, esp. en Educación y Discapacidad)

Este ensayo aborda la sexualidad de las personas con discapacidad, particularmente aquellas que utilizan sillas de ruedas, está basado en una vivencia personal, en un curso impartido por una ONG en Bogotá, en el que trabajé sobre el aprovisionamiento de sillas de ruedas, y reflexioné sobre la importancia de entender la sexualidad como una dimensión integral del ser humano, más allá de los estigmas sociales y físicos. 

La experiencia directa de realizar el curso completamente, desde una silla de ruedas, me permitió comprender desde el sentir las barreras físicas, emocionales y sociales que enfrentan las personas con discapacidad,  además, de la relevancia del conocimiento del profesor en silla de ruedas que desmitificó las concepciones erróneas sobre cómo viven el placer y la intimidad en su cotidianidad.

A través de la experiencia formativa y transformadora, viví las dificultades, aprendizajes y desafíos que implica esta realidad.  Así que este curso fue muy significativo porque más que una formación o capacitación técnica, fue una vivencia. Desde el primer día, la propuesta metodológica fue innovadora y profundamente humana: todos los participantes debíamos realizar cada actividad en una silla de ruedas. Esta práctica permitió sentir en carne propia los desafíos diarios que enfrenta una persona con movilidad reducida: desde trasladarse por la ciudad, subir rampas mal diseñadas, hasta experimentar las miradas y el trato de los demás.

Lo que en principio parecía una exigencia logística, se transformó en una potente lección de empatía. No se trataba solamente de aprender a ajustar correctamente una silla de ruedas, sino de ponerse en los zapatos del otro. Cada calle recorrida, cada mirada indiferente, y cada obstáculo, se convirtieron en oportunidades para reflexionar sobre las barreras invisibles que construimos como sociedad.

Ahora bien, si estas barreras son dificiles, existen otras que son muy complejas como son los temas de Sexualidad en la discapacidad, porque hablar de sexualidad en personas con discapacidad es aún un tema tabú en muchos espacios sociales y académicos. Existe una fuerte tendencia a des-sexualizar a estas personas, y se les niega la posibilidad de vivir y disfrutar de una vida íntima plena, desconociendo el derecho a una sexualidad digna, placentera y libre de prejuicios de esta población.

En la experiencia descrita anteriormente, uno de los momentos más impactantes fue escuchar al profesor narrar su  experiencia personal y profesional, lo que aportó una mirada honesta y enriquecedora. En su intervención, rompió con la visión que asocia la sexualidad únicamente con los genitales o la penetración. Es decir, el placer sexual también se encuentra en otras partes del cuerpo y, sobre todo, en el cerebro, porque es indiscutible que la sexualidad es una construcción emocional, mental y sensorial que no depende exclusivamente del funcionamiento físico. La piel, los besos, las caricias, las palabras, y sobre todo la conexión emocional, se convierten en caminos legítimos para vivir una sexualidad satisfactoria.

Además, es necesario mencionar que muchas personas con discapacidad enfrentan el rechazo o la infantilización en sus relaciones afectivas y sexuales. A menudo se les percibe como personas sin deseo o como seres asexuados, lo que representa una forma de violencia simbólica que limita su derecho a la intimidad. La vivencia de la sexualidad debe asumirse como un componente esencial de los derechos humanos. No obstante, aún existen muchos estigmas que dificultan que las personas con discapacidad puedan ejercer su sexualidad de manera libre y plena. Uno de los prejuicios más dañinos es considerar que quienes tienen una discapacidad no desean amar o ser amadas, o que su atención debe limitarse únicamente al aspecto médico o funcional de su condición. Esta visión no solo reduce su humanidad, sino que perpetúa su exclusión emocional y social.

Para transformar esta realidad, es indispensable reconocer que toda persona sin importar su capacidad física, sensorial o cognitiva tiene derecho a expresar  amor, a establecer vínculos íntimos, a descubrir su cuerpo y a disfrutar del placer de manera autónoma y segura. Lamentablemente, muchas personas con discapacidad encuentran más obstáculos en el rechazo social y en la falta de comprensión que en sus propias limitaciones físicas. 

El verdadero reto está en crear entornos que valoren la subjetividad y la diversidad. Aquí es donde la educación cumple un papel determinante.Desde los espacios escolares, universitarios y formativos en general, se deben incorporar contenidos que aborden la sexualidad de manera integral e inclusiva. Es urgente formar a docentes, profesionales de la salud, terapeutas y cuidadores en el respeto por los derechos sexuales de las personas con discapacidad, promoviendo la empatía, la sensibilidad y la escucha activa. Una educación afectivo-sexual adecuada no solo previene abusos, sino que empodera a las personas para ejercer su autonomía con conocimiento, confianza y dignidad.

La inclusión educativa también debe garantizar que las personas con discapacidad reciban información accesible y adaptada a sus realidades. Esto implica materiales didácticos en formatos diversos (visual, auditivo, táctil, simplificado), espacios seguros para la expresión emocional y la participación en actividades donde puedan construir una imagen positiva de sí mismas y de su cuerpo.

Además, hoy en día la tecnología y la innovación representan una herramienta clave para acompañar estas experiencias. Existen dispositivos y adaptaciones que permiten una vivencia más cómoda y satisfactoria de la sexualidad, especialmente para quienes presentan dificultades de movilidad. Sin embargo, más allá de los recursos técnicos, lo fundamental es el entorno: una sociedad capaz de romper con los estereotipos, que abrace la diferencia y que no limite el deseo ni el amor.

Por tanto, trabajar en la intersección entre educación, discapacidad y sexualidad es vital para garantizar procesos de inclusión reales y duraderos. Apostar por una formación integral, es apostar por una sociedad más justa, donde cada persona tenga el derecho de vivir plenamente su sexualidad, sin barreras ni prejuicios.

Esta experiencia de formación no solo brindó herramientas técnicas sobre la provisión de sillas de ruedas, sino que abrió la puerta a un entendimiento mucho más profundo de la dignidad humana. Vivir en silla de ruedas, aunque fuera de forma temporal, transformó mi perspectiva sobre la inclusión, el respeto y la empatía. Aprendí a escuchar y comprendí que también hay multiples historias que deben ser contadas, en diversos escenarios educativos, directamente por las personas con discapacidad para visibilizar sus formas de habitar este mundo complejo.


Reflexiones con perspectiva de mujer: discapacidad y sexualidad


Por: Diana Valeria Gutiérrez Pinzón (Fonoaudióloga, esp. en Discapacidad y Educación)

En la actualidad, hablar de discapacidad en sí mismo es un tema permeado de estereotipos y de estigmas, en ocasiones enajenados de la realidad y es un tema más candente cuando se dialoga sobre la sexualidad en la discapacidad, se encuentran barreras a causa de creencias culturales en una sociedad cerrada a las necesidades básicas de todo ser humano, esto asociado en especial, con situaciones de "ética y moralidad". Cuando se habla de sexualidad en el contexto de discapacidad, se reúnen todas las
restricciones planteadas, sumadas a algunos mitos que se abordan a continuación. 

Desde la fonoaudiología, mi labor profesional se direcciona a la comunicación humana, a los desordenes de esta, a la autonomía e inclusión. En este ejercicio, he sido testigo de cómo el cuerpo de la mujer con discapacidad es constantemente deslegitimado como cuerpo sintiente y deseante, por tanto, este ensayo, nace de mi práctica comunitaria y del encuentro con mujeres cuyas historias han sido marcadas por el silencio, la sobreprotección y la exclusión afectiva.

Desde una perspectiva de mujer, sugiero reflexionar sobre las barreras que enfrentan las mujeres con discapacidad en el ejercicio de su sexualidad, a partir de estos dos casos: el de Natalia, una mujer de treinta años, con discapacidad intelectual quien tiene una cuidadora principal, que responde por ella
mayoritariamente y no le han permitido relacionarse afectivamente con otras personas, y el caso de doña Clara, una mujer con discapacidad muscular, que a pesar de haber formado una familia también enfrentó el abandono por parte de su pareja, precisamente por su discapacidad, porque su cuerpo así no lo deseaba la pareja. Son cuerpos que han sido percibidos como asexuados, infantilizados y no aptos para vivir el deseo y mucho menos han sido valorados para una experiencia amorosa. Esta negación del deseo afecta en mayor magnitud a las mujeres en todos los momentos o ciclos de vida, porque  la discriminación y prejuicios sociales se suman a una sociedad heteronormativa que define la feminidad desde la belleza, la maternidad, el cuerpo con curvaturas, saludable y apto.

En mi experiencia personal, he compartido con mujeres que no solo luchan por hablar y comunicarse, sino también por ser reconocidas como mujeres deseantes, capaces de amar y sentir. Desde la fonoaudiología, aunque nos enfocamos en aspectos técnicos de la comunicación, el lenguaje y las funciones de la alimentación, también descuidamos la dimensión socioafectiva e íntima de otras niñas y mujeres en terapia.

 ¿Alguna vez pensamos en el impacto que tiene en la identidad y la autoestima de una una mujer con discapacidad, el hecho de no ser deseada, ni considerada como una pareja?.

En múltiples ocasiones he compartido espacios con mujeres adultas que, a pesar de tener más de 30 o 40 años, nunca han tenido una pareja ni han experimentado una vida afectiva o sexual autónoma. Un patrón que se repite es el de la sobre protección materna. En el caso de Natalia, su madre y cuidadora principal y que responde por todas sus necesidades, diariamente la menciona como “Incapaz” o una “persona que no entiende”. Al indagar , esto se debe a unadiscapacidad cognitiva secundaria,  a una  epilepsia generada en su niñez que causó el retroceso del desarrollo integral de Natalia, y por lo general las madres adoptan un rol que, aunque está cargado de amor y sacrificio, también puede convertirse en una forma de control sobre la vida íntima de sus hijas. 

Actualmente, Natalia es una persona que no puede comunicarse efectivamente de manera verbal, porque haciendo un análisis desde mi rol profesional, se observa que su semántica (Palabras) y parte de su pragmática(Intencionalidad verbal) están presentes, entonces habría que mejorar es su fonética y fonología (Pronunciación y articulación), porque tiene las bases para estructurar sus oraciones y en general, puede comunicarse verbalmente, lo que llevaría a pensar que si existiera un fortalecimiento de la autonomía a Natalia, podría vivir de manera independiente y tal vez encontrar en su entorno compañeros que hicieran de su vida, un entorno mas feliz y pleno, siendo capaz de decidir su destino, pero se requiere que la familia le de la oportunidad  y las alas para vivir su propia historia

Es decir, hay mujeres que no tienen un espacio privado e intimo para decidir sobre su cuerpo, que deben pedir permiso para recibir visitas o salir solas, y que incluso han sido infantilizadas al punto de negarles la posibilidad de hablar sobre sexualidad. La figura materna, lejos de fomentar la autonomía, muchas veces opera como una barrera simbólica que impide que estas mujeres se desarrollen afectiva y emocionalmente. En un mundo donde ya de por sí ser mujer implica múltiples formas de control sobre el cuerpo, tener una discapacidad intensifica ese control hasta niveles que rozan la anulación de la singularidad.

El caso de doña Clara es una excepción que confirma la regla. Ella es una mujer con distrofia muscular progresiva, a quien conocí en el contexto de acompañamiento a una asociación, quien a diferencia de muchas otras mujeres, logró consolidar una relación de pareja, casarse y tener una hija. Su historia es profundamente conmovedora, no solo por lo que logró, sino por lo que enfrentó. Clara vivió su maternidad con mucha plenitud, sin embargo con el paso de los años, a medida que su condición física se deterioró, su esposo comenzó a alejarse emocionalmente de ella y finalmente, se separaron. No porque hubiera dejado de amarla, como ella misma señaló, sino porque “él no pudo con la discapacidad”, de esa relación surgió una niña a quien tuvo que sacar adelante con las diferentes implicaciones que surgen de ser una mujer, madre soltera y persona con discapacidad.

Las palabras de doña Clara quedaron grabadas en mí, evidencian una realidad dolorosa: muchas veces, las mujeres con discapacidad tienen que demostrar “más” para ser consideradas dignas de amor, y aun así, ese amor puede ser frágil, condicionado e insuficiente. El caso de Clara también evidencia que no basta con que una mujer con discapacidad “logre” tener una familia; el entorno y las relaciones deben transformarse para sostener esa experiencia. Clara no fue víctima de su cuerpo, sino del abandono. Su discapacidad no fue el problema; lo fue la falta de compromiso del otro ante un proceso progresivo que requería máscuidado, más presencia, más amor. 

Como fonoaudióloga y sin animos de ser intrusiva en profesiones enfocabas al bienestar socioafectivo, creo firmemente que nuestras intervenciones deben ir más allá de lo funcional, la terapeutica y lo asistencial, acompañar a mujeres con discapacidad implica también escuchar sus historias, validar sus emociones, y ofrecer espacios seguros para hablar de deseo, frustración y amor. Nuestra práctica profesional puede ser también un acto político: podemos contribuir a romper con los estereotipos que reducen a nuestras amigas-pacientes,  con  su diagnóstico y a visibilizar sus derechos sexuales y afectivos. 

cuidado, más presencia, más amor. Como fonoaudióloga y sin animos de ser intrusiva en profesiones enfocabas al bienestar socioafectivo, creo firmemente que nuestras intervenciones deben ir más allá de lo funcional, la terapeutica y lo asistencial, porque acompañar a mujeres con discapacidad implica también escuchar sus historias, validar sus emociones, y ofrecer espacios seguros para hablar de deseo, frustración y amor. Nuestra práctica profesional puede ser también un acto político: podemos contribuir con romper con los estereotipos que reducen a nuestras usuarias, amigas, pacientes con su diagnóstico
y visibilizar sus derechos sexuales y afectivos.

En conclusión, la sexualidad de las mujeres con discapacidad no puede seguir siendo un terreno de silencios ni de exclusiones. La cultura heterosexual dominante y el machismo se entrelazan para negarles y negarnos a las mujeres una parte esencial, la humanidad. Como profesionales de la salud, y como mujeres, tenemos la responsabilidad de acompañar estos procesos desde una mirada ética, crítica y empática.

El caso de doña Clara nos recuerda que el deseo existe incluso en contextos adversos, y el caso de Natalia nos invita a promover una inclusión real, que fortalezca la autonomía e independencia, porque la verdadera inclusión implica reconocer y defender el derecho a amar y ser amadas, más allá del cuerpo y de cualquier diagnóstico.


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