La vida es movimiento con sentido y significado. Y la experiencia de la vida está asociada al goce y al placer. Por nuestro cuerpo hay un torrente de energía que fluye gracias a las emociones que procuran los sentidos, en ese encuentro con el mundo.Nuestros sentimientos, pensamientos y quereres, que transitan en la consciencia, son una unión indivisible entre lo que vivimos y deseamos. Así mismo, en ese cuerpo con vida, fluyen tres fuerzas de la vida: el amor, el eros y la sexualidad que trenzadas nos amarran a la existencia.
Según Pierrakos (2008), el eros es la fuerza transformadora de la vida, es el eros el que crea las emociones, es una resonancia vibracional (simpatía por el encuentro con el otro o lo otro), es decir, es un don externo.
El amor es la fuerza unificadora, es un impulso constante que exige trabajo y voluntad, nace en el interés profundo, es un don interno, íntimo del sujeto que se vale de la fe para fundirse en un estado espiritual que conduce a la felicidad o a sensaciones de bienestar, en tanto se es reconocido, valorado y se crean conexiones de pertenencia.
La sexualidad es la fuerza creativa, la expresión de la naturaleza física. no se reduce al encuentro físico entre cuerpos, impregna todas las actividades de la vida, coexiste con la vida.
Estas tres fuerzas vitales están en un permanente agenciamiento de deseos, en tanto el cuerpo tiene dos dimensiones relevantes en correlación, la energía y la consciencia. Por un lado somos materia y energía, constituidos de ondas de energía o partículas de materia, depende de la perspectiva que lo explique. Y esa energía puede ser acelerada, desacelerada, alterada o distorsionada.
Así mismo, está la consciencia que va dando forma a esa energía y que finalmente irradia el cuerpo, esta puede ser negativa, positiva o neutra. Sin embargo, es necesario recordar que el cuerpo posee su propia sabiduría, aunque tradicionalmente se ha relegado la consciencia a funciones solo en la dimensión cognitiva.
También es cierto que los actos actos volitivos pueden transformar una enfermedad, una capacidad o una situación de riesgo, pero también el cuerpo con su sabiduría puede responder con su ritmo instintivamente a diversos dilemas que se presentan de repente, sin que alcancen a ser procesados por la mente.
La consciencia es ese centro, ese ser espiritual, gracias a esta se puede decidir cada acción, dirimir entre lo bueno, lo malo y entre lo conveniente para actuar ante los retos que impone la realidad.
Por: Claudia C. Pinzón Romero
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